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domingo, 27 de septiembre de 2009

El ABCdario de la posible Ambivalencia (J)

"J" de Jurar o Jugar:

"Pero sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede."

Mateo 5:37 (Reina-Valera 1960)

No es necesario convertir esto en un púlpito ni en una discusión de doctrina cristiana, pero al leer al evangelista, surge una pregunta ¿Por qué no deberíamos
jurar?

No da lo mismo decir "no tomé la cigarrera" que gritar "¡Juro por mi madre que no robé la cigarrera!" Al jurar, lo que afirmamos adquiere valor extra, una garantía de que lo que decimos es verdad. Esto funciona más o menos como una hipoteca. Si solicitamos un crédito hipotecario al banco, debemos gravar algún bien sujetándolo al cumplimiento de nuestras obligaciones. Además debemos garantizar con nuestro
récord de crédito que podremos pagar el préstamo. Si no cumplimos la obligación adquirida, el banco se queda con el bien hipotecado y nuestro récord de crédito queda manchado. De igual forma, cuando juramos, sujetamos un bien a nuestras palabras, agregando además una garantía. En el caso de la cigarrera, la integridad y salud de la madre y la omnisciencia de un dios.

¿Cuál es el verdadero valor de un juramento? Podríamos pensar que al jurar, en realidad jugamos. Después de todo, los dioses, aunque sean omniscientes, son malos testigos. No se puede obligar a un dios a testificar ni a presentarse a un juicio, ni se le puede pedir que garantice la veracidad de nuestras palabras, porque no hay forma de preguntarle lo que piensa. Además, no se le puede amenazar con multas o cárcel. Si jurásemos por un bien, por ejemplo nuestra vida, no existiría un mecanismo para quitarnos la vida después de haber jurado. Nada garantiza que de fallar a nuestro juramento perderíamos la vida. Digo, difícilmente alguien se quitaría la vida por mentir, y muy pocos estarían dispuestos a quitársela a un mentiroso ¿De qué sirve, entonces, que alguien jure si en realidad está jugando?

Al argumentar, los juramentos pierden su valor. Al fin y al cabo, un juramento no garantiza nada, ni hace verdadero lo que se dice. Sería mejor ahorrarnos las palabras y hablar claramente, sin ambigüedades, sin apelar a un dios, a los sentimientos o a garantías sin valor.